Estamos en una moderna urbe, ciudad cosmopolita y de pujante desarrollo, nací en ésta ciudad, mi infancia discurrió en la apacible quietud de la zona en la que se ubica mi casa, mis amigos de la niñez imaginaban mil juegos en las pampas al pie del Huaynaroque, emulando a los atletas nos aprestábamos a iniciar competencias una y otra vez, siguiendo el sendero del riachuelo o partiendo de la cueva de arcilla hasta la orilla del riachuelo, idas y vueltas, el límite de las carreras llegaba con el cansancio y el crepúsculo vespertino.
Los sábados, acompañaba a mi madre a realizar las compras de la semana, lo llamaba el ritual sabatino, alistar las bolsas, revisar la lista, ir a pie hasta el Mercado Santa Bárbara, escoger entre las verduras, hortalizas y frutas más lozanas, recorrer la variedad de papa y señalar aquellas que me parecían caritas llenas de guiños de ojos coquetos, entre uno y otro tipo, de escoger las carnes se ocupaba mi madre, no me atraía la idea de comer al congénere de quien comió alfalfa de mi mano. La vuelta a casa, entre descanso y descanso se amenizaba por la retahíla de preguntas que mi madre pacientemente iba respondiendo, entre la espontaneidad y elaboradas explicaciones.
Algunas tardes, mi madre iba de visita a casa de mi tía, llevándonos a mi hermano y a mí. Nuestros cortos pasos, convertían las veredas en extensas pasarelas. Los tres caminando y sin perder la costumbre del pregunta y responde. Terminaba nuestra marcha sin mayor novedad.
Ha transcurrido un buen tiempo, hoy convertida en madre, observo con preocupación que mi hija no disfrutará del paisaje campestre cercano a mi casa de la infancia, ni un riachuelo, ni pampas para correr ni escondite tras los pajonales. Las áreas verdes son escasas, y apenas la vista puede recrearse con las flores sembradas. Los jardines de los parques lucen flores descuidadas y en menor cantidad que en jardín de casa. El espacio que necesita la energía infantil para fluir se ha reducido a la nada. Me consuela saber por lo menos a dos horas de viaje, existen lugares para que ella se encuentre con la naturaleza.
Llevo a mi hija a recorrer la ciudad, y no hemos encontrado veredas, aquellas pasarelas en las que transitábamos dos niños y su madres, hoy se han convertido en espacios comerciales, cual mercado persa y al paso, sobresaliendo incluso hasta la calzada. Recuerdo que mi madre me advertía que sólo para cruzar la calzada baje de la vereda al final de la cuadra, hoy debo advertirle a mi hija que todos sus sentidos estén alerta en todas direcciones, porque vereda para peatón no existe y la calzada recorrida continuamente por triciclos, mototaxis y vehículos no es lugar seguro para el peatón.
En nuestra última travesía, a Santa Bárbara caminamos decorosamente en el Paseo San Román, el recorrido restante ha sido irremediablemente una odisea, avanzamos diez pasos y nos encontramos con una emolientera que tomando por asalto la calle instaló su carreta, banquillos y consumidores, tuvimos que bajar y esquivar a los triciclos que venían en sentido contrario, diez pasos más adelante, otro carrito de salchipapas al paso, al parecer el balón de gas se había acabado e ingeniosamente la salchipapera coloca un mechero cuyas llamas abrasan la base del balón, nos alejamos prestas a evitar el alcance de una fortuita explosión, al final de la cuadra una ‘mamacha’ con toda la mercadería regada por los suelos, y otra vez a bajar y caminar por la calzada. En la ruta nos encontramos toda una parafernalia de personajes, desde los expendedores de ‘comida al paso’ que ocupan la acera en la zona destina para facilitar la transitabilidad de las personas con discapacidad, como habría de ganar la acera una persona que se moviliza en silla de ruedas, si esta zona preferencial se encuentra ocupada por el ‘carrito sanguchero’, más y más personajes obstruyen el paso, entre vendedores de helados, aves de corral, florerías que teniendo un local de ventas y sin necesidad de salir a la calle, invaden la acera, tiendas de productos plásticos que exhiben toda la variedad a lo largo de la acera, ni que decir de vendedores de papa y de carne por los suelos, es inimaginable pensar llevarse a la boca estos alimentos contaminados por agentes nocivos como el monóxido de carbono expulsado por los vehículos que circulan a escasos centímetros, el polvo que transporta microorganismos patógenos y la manipulación séptica ¿quién puede asegurar las condiciones en que fueron sacrificados los animales? ¿Quién garantiza el estado sanitario de las carnes y si son aptas para consumo humano?... En fin cada uno cuida su salud y la de sus seres queridos.
La ciudad ha crecido, vertiginosamente, el crecimiento más acelerado en el Sur del Perú, en incongruencia con nuestra calidad de vida, como vecinos tenemos derecho a transitar en las aceras sin poner en peligro nuestra integridad al vernos obligados a bajar a la calzada. Tampoco podemos permitir que nuestra ciudad se convierta en ‘tierra de nadie’ donde gente sin escrúpulos se apodere de la vía pública. Es necesario que la autoridad recupere autoridad y gobierne la ciudad para los vecinos en armonía con los mercaderes del caos.